Los niños me han dicho que el fin de semana van de excursión a Toledo con
el colegio, les doy dinero y parten. Me ducho y me visto, cojo el autobús que me deja frente al edificio de Correos,
estoy nerviosa, me veo como si fuera una de esas agentes secretas que trabajan
para el gobierno, lo confieso, me gusta el cine. Me acerco a los buzones
privados, los llamados “apartados”, mi madre tenía uno, aún recuerdo cuando íbamos
a recoger las cartas. Empiezo a buscar el 49. Saco la llave del bolso, respiro
hondo, la introduzco con la esperanza de que abra. Se abre. En su interior un
paquete de color sepia, lo extraigo sin mirar a ningún lado, cierro el buzón y
abandono el lugar sin detenerme, me cruzo con un guardia que me mira, sonrío y
sigo caminando. Ya en la calle meto el sobre en el bolso y me dirijo a casa.
Creo que alguien me sigue, noto
una mirada pegada a mi espalda, entro en una cafetería, me siento y espero.
Pido un café sin dejar de mirar a la puerta, dos minutos después entra un
individuo de complexión media, mira como buscando a alguien, yo disimulo
haciendo girar la cucharilla en el café como deshaciendo un azucarillo
inexistente, se pone al otro lado de la barra, en cuanto pida el café voy al
baño, quizá haya una ventana por la que salir. Parece que eso solo pasa en las películas,
cojo el abrigo y me alejo del lugar, todavía tengo unos minutos mientras abona
su consumición. Echo a correr hasta casa. Me encierro. Saco el paquete, lo
abro, vacío el contenido sobre la mesa de la cocina. Una llave, solo hay una mísera
llave y un sobre con algunos miles de euros. Otra vez a empezar. Entro en su
despacho, sé que no le gusta que lo haga pero esta vez es importante, abro los
cajones de su escritorio, rebusco entre los papeles, encuentro resguardos de
hoteles, cenas, viajes. Con ella, siempre con ella. Entonces es cuanto veo una
especie de agenda, de tapas negras, en letras doradas BNS, en su interior
números y números. Enciendo el ordenador, abro el navegador y tecleo las
siglas, “Banco Nacional Suizo”, Enrique tiene una cuenta en Suiza, entonces es
cierto lo que comentan los periódicos. Puede que la llave pertenezca a alguna
caja fuerte, solo hay una manera de averiguarlo, este fin de semana cojo un vuelo
para Zurich, aprovechando que los niños están fuera.
***
Las azafatas me han servido un café y el piloto nos desea un buen vuelo.
Estoy camino de la capital financiera y económica de Suiza, con más de cuatrocientos
mil habitantes. Aterrizo en el aeropuerto Kloten, aprovecho para practicar el
inglés que aprendí en las clases nocturnas. Cojo un taxi y le indico la dirección
del banco, me hace una ruta turística por la ciudad, tras quince minutos se
detiene frente a un edificio inmenso, de estilo sobrio, pago y desciendo.
Accedo al bloque a través de una puerta giratoria dorada, brillante, en el
interior todo rezuma riqueza. Me acerco a información, le comento mi caso y le
muestro la llave, me mira y avisa a un encargado. Este me conduce hacia un
pasillo, una vez allí otro hombre me lleva al ascensor donde una mujer de
mediana edad está esperándome. Entro y bajamos varios pisos. Cuando llegamos
otro hombre me indica que le siga, llegamos a una sala enjaulada, la abre, en
su interior hay muchas cajas en vertical, le muestro la llave y se mueve hacia
una de ellas, saca de su bolsillo una llave maestra y la introduce, me mira
esperando que haga lo mismo, recuerdo la película “Die Hard 3”, el cofre se abre y el hombre
lo deja sobre una mesa y abandona la sala. Levanto la tapa y miro el interior,
no sé qué puedo encontrar, hay una carpeta con documentos, mucho dinero y un
arma. Me pregunto qué hacer, cojo el dinero y la carpeta, el arma la dejo, no
podría pasarla por el control del aeropuerto.
***
Despierto sobresaltada, he tenido pesadillas, un individuo quería robarme
los documentos, ayer estuve revisándolos, son contratos de inmuebles, Enrique
había obtenido una cadena de favores y había mucha gente que le debía dinero,
sin embargo él había dejado todo preparado para que, si algún día lo acusaban
de algo, esto le declararía tan culpable como todos los que estaban metidos en
el caso. Hurten, así se llama el caso en el que está metido, una empresa
fantasma a la que se suponía que enviaban el dinero. Me quedo dormida en el
vuelo de regreso. Al llegar a casa vacío la maleta, pongo la lavadora y guardo
los itinerarios del bus turístico que cogí ayer por la tarde, el ticket del
museo de arte contemporáneo Helmhaus, y
las postales de la iglesia de Wasserkirche y de la catedral Grossmünster. Los
niños acaban de llegar, están cansados y contentos, Toledo les ha cautivado,
parecen resacosos, si no fuera porque tienen once y trece años pensaría que han
estado toda la noche de fiesta. Les pregunto qué tal lo han pasado, contestan
al unísono que muy bien, les consulto si han bebido alcohol y de nuevo
responden que no al mismo tiempo, me doy cuenta de que mienten, es la primera
vez que percibo la mentira en sus ojos, tan inocentes hace unos años cuando aún
dependían de nosotros, y que ahora, se ha corrompido con los años. Voy a mi
cuarto y me echo a llorar.
***
Me despierta el sonido del teléfono, respondo todavía dormida, llaman de
la comisaría, han hallado un cadáver en el río, quieren que vaya a
identificarlo, creen que es mi vecina del segundo. Me levanto y tras despedir a
los niños, salgo en dirección a Anatómico Forense, temo que sea cierto y esté
muerta. A su marido no lo he vuelto a ver. Llego a la dirección que el policía
me ha indicado, entro y espero que vengan a preguntarme, un solicito joven me
pregunta qué deseo, le manifiesto que me han llamado para una identificación.
Me conduce a una sala y me ofrece una mascarilla. Llama a una puerta y me deja
paso, un hombre que parece ser el comisario me pide que me siente. Le vuelvo a
contar todo lo acontecido aquella mañana que ella vino llorando, tienen al
marido detenido, ahora quieren que yo identifique el cadáver, asiento algo
asustada, nunca he visto un finado, salvo el de mi padre, pero al ser de un
familiar parece que no es igual. Es ella. Su cuerpo está hinchado, el forense
me comenta que es por haber estado en agua, parece que fuera un globo.
Impresiona. Otra noche más de pesadillas. Al salir de la comisaría decido ir
dando un paseo a casa aunque queda algo lejos, pero es pronto, están abriendo
las tiendas, podría mirar algo nuevo, tengo mucho dinero, dinero negro, de ese
que no hay que declarar a hacienda, me siento un poco delincuente, como la
mayoría de los que salen en la televisión, como los que se sabe y como los que
se intuyen, como todos esos. Entro en una joyería, busco algo escandaloso, el
dependiente me mira sorprendido, no soy de esas que entran en ese tipo de
joyería, visto con vaqueros y zapatos bajos, y una cazadora corte militar. Le
pido algo escandaloso, me pregunta sobre cuánto quiero gastarme, le respondo
que no tengo un límite, en esto me doy cuenta de que puede que le choque y que
si en un futuro pasara la policía a preguntar él me recordaría, le digo que
pensándolo bien no puedo gastarme tanto dinero y abandono la tienda. Paso por
delante del colegio de los niños, están en el patio, los veo sin que ellos me
vean, el mayor están fumando, yo comencé a los catorce, qué puedo decirle, el
pequeño está jugando, o eso parece, se tiran la suelo, ruedan, parecen estar
bien, hay uno que grita, otro tiene un móvil en la mano y graba la secuencia,
no me gusta lo que veo, cuando lleguen a casa tendré que hablar con ellos. Ya
en casa, en el contestador tengo un mensaje de la amante, quiere saber si he
descubierto algo, lógicamente no le voy a contar nada. Espero que vuelva a
llamarme. Me siento en la cocina y preparo un café, descongelo una pizza y la
meto en el horno. Tengo hambre. Estoy preocupada por mis hijos, he visto tantos
casos de bullying en las noticias que
estoy asustada, siempre he dicho que esos chicos no tienen una educación
adecuada, que sus padres no se preocupan por ellos y ahora yo lo sufro en mi
propia familia. Llamo a mi madre para contárselo, le pregunto qué puedo hacer,
cómo puedo llegar a ellos sin que se molesten, me pregunta por Enrique, le digo
que está bien, que necesito que me ayude con sus nietos.
“¿Hay algo que queráis contarme?”, es lo primero que se me ha ocurrido al
verlos entrar, sé que no es el método más adecuado pero es el mío y el de mi
estupidez, me miran sorprendidos y niegan con la cabeza. “Esta mañana he pasado
por el colegio a la hora del recreo”, dejo caer la frase lentamente como
indicándoles que sé qué estaban haciendo, el mayor se pone rojo, le digo que le
he visto fumando y que queda prohibido que lo haga, la información le está
entrando por un oído y saliendo por el otro. El pequeño está más tranquilo, le
pregunto por qué se peleaban, contesta que estaban jugando, miente, sé que
miente, “¿y por qué grabáis la pelea?”, ahora lo veo inquieto, responde que he
visto mal, que nadie estaba grabando nada, vuelve a engañarme. Les digo que
hagan los deberes, que mañana iré al colegio a hablar con sus profesores, “Nos
tienen manía, mama, no nos entienden”.
***
En el colegio me explican que hay varios chicos que están dando
problemas, parece que mi hijo pequeño es uno de ellos, acosan a los más
débiles, los pegan y lo graban con el móvil, luego lo cuelgan en la red. Me
quedo atónita, no sé como excusarles, les cuento que su padre ha salido por un
tiempo, me pregunta si nos hemos separado, “no, no, no es eso, está de viaje,
parece que ha habido un asunto de su trabajo muy serio en Sudamérica, pero
volverá en cuanto lo haya solucionado”, no me creen, ni el director ni la
profesora me creen, piensan que no quiero decir que nos estamos divorciando. De
camino a casa entro en la pastelería de la esquina, compro media docena de
cruasanes, nadie me ve, me los como al llegar a casa. Suena el teléfono, “Diga,
soy yo…ah, hola,…no, no sé nada…lo siento…pues no sé dónde la he puesto,
tendría que mirarlo…ya te llamo si eso, adiós”, era la amante. Ya no me duele
pensar en ella, ni en Enrique. Ya no siento nada. En la sección de sucesos
hablan de la detención de un ciudadano portugués, ha asesinado a su mujer
porque esta quería divorciarse, me acuerdo de ella, su rostro frágil, esos ojos
grandes cristalinos, me pregunto por qué ocurren estos casos, por qué el hombre
es tan cobarde que para no quedarse solo acaba con la vida de su mujer, por qué
las personas nos complicamos la vida tanto que al final esta se convierte en un
esperpento de lo que fue en un comienzo.
***
Recibo un mail de mi marido, regresa en dos días, parece que las cosas se
han calmado, me pregunta qué tal estamos, que nos ha echado de menos, llegará
el jueves en el avión de las ocho de la tarde desde Londres. Llamo a su amante
y se lo comento, por si quiere ir ella a buscarlo, a lo mejor necesitan un
revolcón, me dice que han roto, que ya hace días que él la escribió para
decírselo. No me alegro, voy a pedirle el divorcio, lo tengo decidido.
***
Esta más delgado, me besa en la frente y me mira, me cuenta como han ido
las cosas por allí, yo no le cuento nada, me pregunta por la postal, le digo
que me gustó mucho, parece que quiere saber más, si acaso yo llegué a la clave
del mensaje, yo me hago la tonta, se me da muy bien. Al llegar a casa los niños
le reciben como dos adolescentes, pasando de todo, aunque sé alegren. He
preparado su plato favorito, Canelones, abrimos una botella para celebrar su
regreso. Brindamos, parecemos una familia feliz, que hipócritas resultamos. Ya
en el dormitorio quiere hacer el amor, no tengo ganas, le digo que me duele la
cabeza. Insiste, al final acepto, no siento nada, estoy vacía, y mientras él
llega a su clímax yo organizo mentalmente lo que tengo que hacer al día
siguiente. Al concluir me levanto al baño y posteriormente apago la luz.
***
Desde la habitación del hotel veo el mar, la playa de Ipanema es una
maravilla. Llegué hace tres días. Tomé todo el dinero y un avión, no tengo
prisa por volver. Los documentos se los envié por correo al juez del caso
“Hurten”, cuando Enrique quiso darse cuenta de que la amante me había entregado
la llave de la caja fuerte ya era tarde, estaba volando para Brasil. Nadie me persigue,
soy una mujer divorciada, también he dejado eso resuelto, se lo dije a mi abogado,
mi suegro se llevará un buen disgusto y mi marido se quedará sin su pensión
paterna. No me da pena. Ahora vivo mi vida, fuera de toda hipocresía y de toda
corrupción, me entrego a mi misma cada día, me levanto, desayuno, paseo,
escribo para una revista, artículos de opinión, en algún momento tenía que
comenzar a ejercer lo que había estudiado, no gano mucho pero tampoco lo
necesito, tengo dinero suficiente para vivir el resto de mi vida.
FIN